domingo, 11 de septiembre de 2011

En mí.


Te he visto por aquí muchas veces.

Pero no sé quién eres. He intentado salir a buscarte pero me ha sido imposible. Cada vez es más difícil. Quiero saber cómo te llamas y por qué me lees por las noches. A veces me gustaría poder mover los ojos para poder mirarte, así no tendría que esperar a que fueras tú quien viniera a buscarme.

A veces creo que puedo moverme, y lo intento. Pero hay algo que me lo impide. Tengo idea de que son mis errores. De que no lo hice bien en algún momento y por eso ahora mi cuerpo no responde. A veces creo caminar, pero es solo mi sueño, que va montado en fantasías. A veces intento hablarte, pero pienso que a lo mejor no tengo nada bonito que decirte.

Intento continuamente levantarme, moverme, pero no me apetece. Estoy cansado todo el rato. Ya he experimentado esto antes, después de una larga siesta. Pero por dentro estoy inquieto, y llevo muchísimos años teniendo ganas de mear.

Te he visto antes. Me suenas de algo y me gustaría preguntarte. A veces yo voy corriendo como tú de un lado a otro, pero por dentro de mí. A veces miro claramente, y a veces voy tan rápido que solo veo cosas borrosas, y ondas. A veces no veo nada y despierto pasado mañana. Y a veces no despierto, o a lo mejor es que no sé diferenciarlo.

Tengo ganas de mover los dedos, pero no los veo. Seguro que si los viera podría moverlos, porque ¿cómo voy a controlar algo que ni siquiera puedo ver? ¡Quiero verme los pies! ¿Me entendéis?

A veces pienso en cómo verán los de fuera mi mundo, porque yo no veo el suyo más que dentro de este maldito marco de televisión. ¿Qué estará pasando en los márgenes? Y entonces apareces tú, bendita programación.

Te he visto por aquí muchas veces. Aún no sé quién eres. Hoy has venido vestida de morado, lo sé porque distinguía un borrón entre el azul de las paredes de este lugar. Hoy te has sentado a mi lado, y me has tocado. Las ganas de mear han aumentado. Las ganas de llorar no han aguantado y creo que me han tenido que secar la cara. Ah no, no eran mías.

¿Por qué lloras, pequeña?

¿Lloras porque estás ahí dentro? ¿Dentro de un mundo de colores y de naturaleza? ¿Dentro de una vida con brazos y piernas?¿Lloras porque quieres entrar aquí? Lloras tirada en mi cama y no puedo consolarte. Malditas sábanas que me mantienen pegado a la cama, maldita indiferencia, maldita torpeza la mía y maldito el camino que yo no elegí.

¡Que alguien la consuele que yo no puedo!

Hoy me he levantado soñando ¿sabes? Salías tú leyéndome un cuento, estábamos los dos tirados queriéndonos. Pero tú no llorabas. Solo reías recordando cosas. Luego decías que yo no te oía, pero no es así. Te presto siempre mucha atención, porque quiero saber cómo te llamas. Luego venía la música y se oía mucha gente, corrían niños, y entraba el sol. No sé por dónde. En ese sueño no te podías lamentar ni llorar, porque ¿para qué? Tú puedes leer junto a mí y yo te puedo oír. Para qué más.

Este sueño ya no me gusta tanto. Cuando me agarras la mano primero me altero, luego tengo miedo. Hoy lo has hecho más fuerte, que lo noto aunque tú digas que no. He visto el anillo que llevas en el dedo, es precioso. He visto cómo me cogías de la mano y unías mi dedo con el tuyo; y también tengo una anillo. ¡Anda! Es igual que el tuyo.

Hoy solo quería correr, suelo querer mucho eso, pero cuando te he visto llorar, sólo quería correr. Si supiera tu nombre puede que quisiera correr contigo. Te me has adelantado; y me has subido a una silla. No lo hagas por favor, tengo miedo al movimiento. Todo ha ido rápido otra vez, y me he desmayado. Cuando he abierto los ojos, he creído estar fuera. Lo he visto todo desde tan alto, el campo, las nubes…No parabas de hablar pero he dejado de escucharte, me puede la duda. ¿Es eso el mundo? ¿El mundo de quién? Desde luego el mío, no.

Es precioso. Y tú, eres preciosa, ahí sentada en la ventana. Me gustaría decírtelo pero no sé cómo. Gracias. Gracias por traerme hasta aquí. Y, ¿sabes qué?

No sé cómo demostrártelo.

Soy feliz.

martes, 28 de diciembre de 2010

Razón



No creo que todo pueda ser mentira.
Porque tengo dos manos, y una transcribe a la otra. Tengo dos manos bajo una monarquía cerebral y una siempre es más fuerte. La que escoge por ti. La que escoge tu mano. La que te eligió.
Y una transcribe a la otra. Da igual cuánto quiera resistirse la segunda, da igual cuantos argumentos de; porque mis elecciones no se pueden señalar con el dedo ni juzgar, y una mano nunca juzga a la otra, aunque decidan por separado.
Una mano te dibuja, la otra te razona. Esa mano te construye, la otra te destruye continuamente. Una me dice que eres cierto, la otra que no sueñe. Y mis decisiones las escoge solo una. ¿Sabes cuál? La que te escribe esta carta. Y soy diestra. La que se ha guiado por la razón, la que no apostó por ti. La que te aparta de mí, la que no te toca.
La que escoge por ti.
Porque hay cosas que ni la razón comprende pero que la verdad consigue. Y es que no hace falta que la mano que te dibuja te escoja. Ella ya lo había hecho. La necesidad estaba en que la otra lo hiciera. La sorpresa se encuentra en que la otra mano razonó y no fue capaz de argumentarte, y se venció a la lógica que guarda la locura. Y esa locura es que da igual qué mano sea la rige tus movimientos porque detrás de ellos estás tú, detrás está una experiencia que no comprendes en absoluto.
Algo que se escapa de tus manos.

Porque la vida real...no es razonable.

Por Main Stanich.

jueves, 17 de junio de 2010


Juguetes.
Crecí. Yo no quería.
Crecí. Prometo no seguir haciéndolo.
Crecí ; y se me echaron encima los recuerdos y hacienda.
De pequeña desconocía el final; el final de todo. El final de los cuentos, el final de las películas, el final del bote de café, el final de la magia del televisor, el final de la nevera, el final de la semana, el final de la cartera, el final de los hombres, de las mujeres, el final de las esperanzas, el final de la botella, el final del amor, el final de la tierra, el final de la memoria…
De pequeños nos enseñan que los sueños no se cumplen nunca. Que se lo digan al Disneyland París que jamás he pisado o al Ratoncito Pérez que resultó ser mi padre que venía por las noches a meterme una moneda bajo la almohada, haciéndome creer de verdad en la existencia de un “hombre del saco” que me visitaba por las noches.
Pero de todos modos, nunca debemos creer todo lo que dicen los adultos. Los sueños sí se cumplen, pero todo tiene un precio, y a medida que te haces mayor te das cuenta que ese precio ya no se puede pagar ni con los billetes del monopoly ni con las fichas del casino, sino que se paga o con dinero o con ofrecimientos de carácter carnal. Y con lo último, hasta puedes pagar un genio que conceda deseos.
Crezco con cada problema y cada lavadora; con cada vez que pienso que las cosas pueden resolverse y me esmero en hacerlo, o cada vez que tengo que poner los pies en la tierra ( y luego limpiarla). Crezco con cada hombre que pasa por mi cama y cada vez lo siento menos, hasta que me acompañe de gatos que me ofrezcan más compañía que ellos.
Crezco cada vez que te veo llorar. Crezco siglos cada vez que te veo llorar. Muero cada vez que lo haces y ya no lloro contigo. Porque me han curtido las experiencias y todos los agujeros que he cosido en la punta de los calcetines. Me he pinchado mil y una veces con la aguja del destino, y he sangrado. Y cada día que pasa más me doy cuenta de que coser, es un error.
Yo no quiero crecer. Yo no quiero ser menos hoy, que mañana.
Quiero comprarme un furby y que me enseñe él a hablar, y no al revés. Y comprarme unas cocinitas de las que no necesitan pasar por el lavavajillas. Quiero construir edificios con lego sin preocuparme de la flexión de las vigas, o de si los bloques se unen por mortero o por salientes redondos que encajan entre ellos. Quiero comprar un puzzle y resolverlo encima de mi mesa y no dentro de mi cabeza y con la ayuda de la agenda. Quiero tener un bebé que mee cuando le apriete de un brazo y no estar pensando en dónde comprar los pañales. Quiero jugar a los médicos y no que los médicos jueguen conmigo...; o poder comprar uno nuevo, cuando mi ken pierda la cabeza.
Quiero jugar, quiero comprar todos los juguetes y tirarlos cuando se rompan sin tener que hacerlos pasar por el hospital, el mecánico o la tienda…Quiero tener una vida de plástico y comer comida que esté pegada al envase, para conservar el cuerpo de barbie. Quiero olvidar crecer dentro de un barco pirata que navega gracias a unas manos, y que no me crezca el pelo cuando una niña pequeña decida cortármelo.
Quiero ser siempre ayer y nunca mañana. Para olvidar que existe el pasado o que hay que pensar en el futuro…pero crecí…yo no quería. ( Y mi agenda informa de que hay que tachar otro día).
Por Main Stanich.

sábado, 12 de junio de 2010

Queso.


Da igual el color de nuestra piel; seamos negros, blancos, morenitos…todos nos ponemos amarillos.
Da igual que tengamos memoria fotográfica, lingüística, emocional o a corto plazo…porque todos tenemos agujeros.
Da igual que seamos niños, adultos o ancianos…todos seguimos fermentando.
Da igual dónde naciéramos, lo que vivimos, o lo que somos…porque por mucho que nos guste decir que somos distintos…a todos nos gusta el queso.
Porque da igual cuánto nos guste decir que tú no eres yo y yo no soy tú. Porque yo tampoco soy la misma “yo” todo el rato; ni tú el mismo “tú” desde que naciste. Porque cambiamos, fermentamos en la vida, envejecemos, crecemos, nos degradamos con las enzimas de nuestra larga existencia. Y no siempre somos el mismo queso. No siempre somos queso. No siempre somos persona.
Yo hoy no soy persona. Hoy me levanté y decidí que era más esponja, más zapato y más raqueta que queso o que persona. Porque a todos nos toca ser queso. A todos nos toca saciar el hambre o acompañar un bocadillo, como se acompaña en la soledad o se sacia el deseo. A todos nos toca ser comida de ratas y ratones. A todos nos toca ser perforados por el sufrimiento, por el hambre y por los dolores de barriga. A todos nos ponen verdes cuando caducamos.
Porque todos amanecemos un día y queremos ser mucho más; porque todos queremos llegar a ser alguien mejor, tener una personalidad más consistente y una base hecha de harina…todos queremos conocer un futuro desconocido, experimentar una nueva vida y adentrarnos en un nuevo horno para salir en forma de tarta de queso y que nos cubran con una deliciosa capa de mermelada de arándonos llena de orgullo.

Por Main Stanich.

sábado, 5 de junio de 2010

Huyo de tu recuerdo, y también recuerdo tu huída...


Llevo tu carta en mi bolso…
Hoy era uno de esos días en que tenía que llegarme una carta recordándome quién eras y quién ya no eres. La he abierto, la he mirado y la he guardado como si nunca hubiera existido.
He visto el tiempo, el tiempo que ha pasado a nuestro alrededor. Y la distancia.
Yo te amaba. Eres la única persona a la que he amado nunca y no puedo recibir una carta así un día 7 de abril en mi buzón. No puedo. No puedo abrirla y no recordar que ya no amo a quien me escribe. Era más feliz no recordándolo.
Tú mejor que nadie sabes qué es lo que pasa cuando haces eso. Salgo corriendo de casa lo más lejos que puedo y las ganas de llorar se convierten en patadas contra el primer contenedor que encuentro; y cuando ya no me quedan fuerzas, saco las tizas del bolso, esas que tanto te gustaba que llevara siempre encima, y escribo en alguna pared: ¿Dónde estás?.
Tengo esperanza de que no hayas muerto. Alguien me sigue mandando cartas y a alguien le respondo, pero no sé dónde está la persona que conocía y me tenía encandilada. Y tú solo sabes hablarme del maldito pasado…Ya no recuerdo el pasado.
La foto que me has mandado no me hace echarte de menos porque un día pedí un deseo y me lo cumplieron: no echarte de menos.
No quiero que cada vez que me escribes seas alguien más lejos de mí, y que cada vez tengas menos cosas que contarme, y que como tú dices, ya no sepas cómo hablarme…
No voy a volver a mirar al buzón con la esperanza de encontrarte en él, porque esta vez has desaparecido del mundo. Si es difícil entender dónde van a parar las almas de la gente cuando mueren, que alguien me diga dónde se esconden las almas de la gente que únicamente cambia por completo y desaparece…
Te quería tanto…

Por Main Stanich

viernes, 28 de mayo de 2010


Un segundo. Respira.
Me agarraste la mano.
Miré la angustia que me ofrecían tus ojos, que sin saber nada de mí fueron capaces de responder a tantas preguntas sobre mí como ni yo misma era capaz de responder. ¡Me conocías!
A veces miro a alguien y recuerdo algo que no he vivido, algo que todavía no he comprendido, algo que todavía no me has enseñado. Te miro a los ojos y soy capaz de ver lo que no eres. Lo que todavía no eres, la persona que no has llegado a ser todavía, por miedo.
Miedo.
Y me miraste.
Miedo.
¿Me tienes miedo?¿ Tienes miedo a conocerme? ¿Tienes miedo a reconocerme? ¿A reconocer tanto de mí en tu propia persona como para terminar por aborrecerme? ¿Miedo a ser tú?¿A ser yo?¿A ser nosotros?
Entonces fue cuando miraste a otro lado. ¿Por qué? Yo sé por qué. Te da miedo sentir, te da miedo ser sentido. Te da miedo que te toque y estremezcas, te da miedo no ser capaz de dejarlo cuando empiece, te da miedo olvidar quién eres mientras me sientes. Te da miedo sentir nostalgia cuando dejes de hacerlo…
Yo no fui, no fui yo quien te agarró la mano. Violaste mi intimidad tanto como deseas violar mi cuerpo, violaste mi alma tanto como deseas violar mi libertad. Pero nada ni nadie puede violar mi libertad, porque no soy capaz de mantenerme fija más de un segundo en el mismo sitio. Ni un segundo; ni un segundo en tu ojo, en tu mente, en tu memoria…
Te he sentido. Por un segundo te he sentido, te he esperado, te he creído, he confiado en ti, te he apoyado y me has hecho añorar…por un segundo has entrado en mi vida y la has cambiado. Hemos soñado juntos durante nada más que un segundo y has entrado en mi cuerpo y me has hecho gritar…durante un segundo.
Y entonces fue cuando me dijiste:
Adiós…
Te vi seguir andando hacia delante por la calle con la mirada fija en mí…y desapareciste entre la multitud…
Entraste en mi vida por un segundo y supiste hacerme feliz; desconocido. Pero me has enseñado que no importa el tiempo que estuvieras dentro de mi vida, sino la huella que has dejado en ella, el respeto con que me has tocado y la nostalgia con que me has mirado.
A veces vale más un segundo…que toda una vida juntos.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Silencio...


Qué amarga era su vida y qué angustiosa su mirada. Qué silencio se escondía en sus palabras. Jamás tuvo esa idea en su cabeza pero ahora lo pensaba, no era feliz. Caminaba siempre en dirección a ninguna parte; por la calle e incluso por su cabeza. Estaba harta de mirar a su alrededor y que nada cambiase, nada fuese diferente; ni igual a esos tiempos que nunca vuelven. ¿Por qué la vida siempre se estancaba en los peores momentos? Y se hacen eternos. ¿Por qué cuando miraba atrás se daba cuenta de que todo lo que vivía, era mentira? Estaba harta de ello, harta de luchar, harta de sufrir, estaba harta.
Cuanto más caminaba, más cuenta se daba. Llegaba a casa. Silencio, oscuridad, soledad, y un llanto que se repite en su cabeza. Él lo había matado. La razón de su existencia...él se la había arrebatado. Todas las noches miraba la cuna, de su pasado. Estaba vacía, porque todo lo que ella mas quería, él se lo había arrebatado. Su niño, su sonrisa, sentir que todos los problemas se podían solucionar solo al verle reír o llorar; y cómo se fue sin hacerlo. Lo último que ella vio, fue cerrarse sus ojos, sin siquiera habitar los gritos, solo el silencio. Y todavía perdura. Ella sigue entrando en casa escuchando como su niño llora, pero solo se oye...el silencio.
Ella no podía sonreír, no podía seguir así. Limpiar, planchar, lavar, y ¿qué? ¿Cuándo le tocaba a ella vivir? Su marido volvía a casa tarde de trabajar y pasaba por el salón sin decirle nada, se iba directamente a soñar. No sé si también sus sueños eran crear pesadillas en las vidas de los demás. Con ella lo había conseguido. Lo peor eran las noches que él venía borracho. Silencio.
Era incapaz de llorar, era incapaz de hacer nacer un gesto en su cara. La ilusión le había abandonado. Su mirada era triste; nunca miraba a ningún sitio en concreto, al vacío. Sus párpados caídos, su sonrisa acallada, y sus ojos dejaron hace mucho de expresar su mirada. Estaba cansada, cansada de vivir. Pero cansada no significaba que se hubiera rendido todavía.
Tenía miedo, tenía miedo a seguir viviendo, a morir cada día y no morir ninguno, a que el tiempo le dejase heridas que nunca cicatrizan. Bajaba al parque a observar a los demás niños.
A su lado estaba sentada una niña, callada y que miraba al suelo.
-¿Qué te pasa?
La niña le sonrió y entonces ella descubrió que la pequeña lloraba.
-Mi papá se ha ido al cielo.- silencio.
Una mirada de terror es lo único que mostró su cara, pero la niña siguió sonriendo.
-¿Sonríes?
-Si la vida no te sonríe- dijo la niña aún llorando- sonríele tú.
Le faltaba fuerza, esa fuerza que una niña había demostrado antes que ella.
Caminaba hacia su antigua casa, un piso en lo más alto. La casa era muy antigua y estaba vacía. Pisaba muy fuerte cada escalón porque chirriaba. Cada escalón era un día, y cada piso un año más. Iba viendo los cartelitos que enseñaban el piso en el que se encontraba. "Primero".
¿Por qué si miraba atrás en su vida solo era capaz de ver las cosas malas? Solo era capaz de recordar a sus padres discutiendo, y a su madre llorando una y otra vez. El primer día de octubre de su primer año en el colegio, su padre murió en un accidente. Llovía esa noche y ella esperaba como todos los días en la puerta a que su padre viniese a acostarla, pero ese día era especial. Era su cumpleaños. Era el día en que nada importaba más que ella. Sonó el teléfono. Silencio.
Su cumpleaños no volvió a recordarse en su casa. Nadie quería recordarlo. Ella dejó de ser lo importante, para pasar a ser el olvido. Su madre, una mujer alegre y vital, pasó a ser una mujer fría y estancada en un pasado quebrantado. Su madre no volvió a ser la misma. Desde entonces ella tuvo que aprender a vivir por sí misma.
¿Alguien le preguntó alguna vez si quería madurar antes? Quería ser niña, pero no le dieron la oportunidad. ¿Alguien le dio a elegir? No. ¿Alguien le preguntó alguna vez si quería ejercer antes como madre que como hija? No. Nunca tuvo un cumpleaños, porque nadie se acordaba. Ella lloraba por las noches. No es que no la oyesen, es que no querían escucharla.
Agarraba muy fuertemente la barandilla. Cada vez era más duro seguir subiendo, cada vez costaba más. Cada vez los pisos pesaban más, porque todas las preocupaciones estaban asentadas en las anteriores; un piso encima de otro, no deja curar lo que hay debajo.
"0ctavo". Su respiración era más jadeante, estaba cansada. Cuando tenía diez y ocho años, encontró una carpeta mientras limpiaba un cuarto. Eran unos análisis y unas pruebas. Además había una factura del taller donde había ido a parar el coche del accidente. Pero no había sido mandado allí por destrozo, sino para venderlo. A ella le habían explicado que el coche se desarmó en el accidente. Todo mentira. Llevaban tantísimos años mintiéndola. Silencio.
También encontró una nota. "Estoy harto. Cuídala". Su madre también le mintió a él, porque no la cuidó. Ahora lo entendía todo y todavía no quería entenderlo.
Ella tosía muy frecuentemente, pero cada vez era peor. "Vigésimo".
Tuberculosis. Su padre tenía una enfermedad que ya no podía aguantar más, y no aguantó. Ella tampoco creía poder hacerlo. Con veinte años conoció a su actual marido. Ella había sido tan feliz con él. Aún seguía dudando si lo quería, eso era lo peor de todo. Había sido capaz de amarlo y él la engaño diciendo que la quería. Estaba harta de tantas mentiras. Incluso harta de mentirse a sí misma, de tenerse miedo, de no poder llorar, de sufrir. Pero quizá esa no fuese la mejor manera.
Vio el número veinticinco dibujado en la tablilla, el mismo número de sus mismos años, el número de la casa donde había vivido antes de irse, y ese número, era el último de todo el edificio. El último de toda una vida; y ahí estaba ella, con las llaves en la mano. Temblaba, pero cogió fuerzas y abrió la puerta. Tiró todo al sofá y se encaminó a la terraza. Abrió bruscamente las ventanas y salió fuera. Daba igual cuánto ruido hiciese, nadie la escuchaba. Nadie la escuchaba nunca.
Se agarró a la barandilla que estaba helada, pero sus manos sudaban. Seguía recordandolo todo. La persona que lloraba a su lado le decía, "quéjate, pregúntate ¿por qué?, mira que vida has tenido, ¿realmente crees que te la merecías?". La persona que se ríe le está diciendo que es alguien que no vale nada, que no se puede levantar sola, ni caminar sin ayuda. La persona que sueña le dice "déjalo, no es cierto, no ocurrirá. No pasará todo, no hay salida". La persona que piensa le dice, "¿por qué? ¿Para qué? Nada de lo que has hecho te ha servido para nada". La persona que la señala dice; "Sé lo que piensas: ¿por qué lo hicieron? ¿No había sufrido ya demasiado?". La persona que la mira, esa que muestra esa cara de terror le dice: "Hazlo". Entonces se sienta en el suelo. Está indecisa. Todas esas personas que están a su lado, es ella misma que se está dividiendo para darse consejos. Llora, ríe, sueña, piensa, se calla y por último mira el final. Saca de su bolso un paquete de toallitas húmedas, y se quita el maquillaje que lleva en la cara y el que lleva por el brazo, para dejar al aire todas esas marcas que le deja él cuando viene borracho. Todas esas heridas que nunca cicatrizan, todos esos moratones que se pueden tapar pero no esconder. Entonces mira otra vez el fondo y se dice "yo soy mas valiente, creen que no lo hago pero yo puedo". Se engaña, tiene miedo, cree que cuesta mas quitarse la vida que seguir adelante con ella. Vuelve a sacar un pañuelo, pero esta vez tose otra vez y otra. Entonces mira el pañuelo y ve sangre, silencio.
Tuberculosis. Sabe que no le quedaba mucha vida por delante, o sí. Había algo que echaba de menos, llorar. Una vez le dieron a escoger entre llorar o vivir. Entonces fue fuerte, pero ahora eso ya no funcionaba, porque moría poco a poco y seguía queriendo llorar. Agarró la barandilla fuertemente, muy fuertemente y miró al vacío. Silencio, solo se oía el silencio. Entonces recordó algo que le dijo aquella niña que se había encontrado en el parque:
-No dejes que el silencio se lleve tu vida.
Qué razón; y comenzó a llorar. Y nunca paró. Y ahora ¿qué? ¿Deciros que ella pasó de ser vida, a ser aliento, a no ser nada?
No.
Ella venció el miedo, el miedo a vivir. Cuesta más vivir que dejar de hacerlo. Morir todo el mundo sabe, pero vivir es realmente un reto; y esta vez, ella lo había conseguido. Se deja de engañar, la vida es dura pero está para vivirla. Buscamos héroes en la televisión, los cómics y los cantantes; y no nos damos cuenta de que los héroes son gente como esta chica, los héroes son las personas que están luchando cada día por sobrevivir.
-Voy a luchar por las cosa que de verdad me importan, por los recuerdos que todavía me quedan. Por las sonrisas que no he visto todavía. Voy a sonreír, siempre hay alguien que lo esta pasando peor que yo y está luchando. Voy a sonreír, porque cada vez que una persona sonríe, salva la vida a otra. ¿Cómo puedo ser feliz mirándome al ombligo? La felicidad se encuentra en los demás. Yo por mí misma no desprendo ninguna felicidad, mas que la que los demás construyen cada día en mí, si yo me dejo construir. Debo sonreír porque las personas sonrían. Y hacer de las demás vidas, todo lo que no fue la mía."
Ella sonreía, lloraba y sonreía, gritaba y sonreía. Había superado todo, y pensaba levantarse una mañana y mirar alrededor, y darse cuenta de que todo tiene un sentido, todo ocurre por algo; porque si al final todo acaba mal, es que no es el final. Y en esta ocasión era así.
Sí, ella murió a los dos años, no sobrevivió a la tuberculosis, pero sí al silencio. Fue capaz de superarlo, y darse cuenta de que el mundo le estaba gritando su ayuda, y ella no había querido escucharlo.
Por las injusticias en el mundo, por todos los llantos que pudieron ser acallados, porque no hay grito que más se oiga, que el que no se escucha.


Por Main Stanich.